Lucia
El aire me faltaba. Él pareció notarlo. Se acercó despacio. Su traje negro relucía entre los demás.
-¿Estás bien?
No respondí. No hizo falta. Mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez. El lúgubre ambiente podía con los dos.
-Vamos a pasear un poco, anda.
Me cogió de la cintura para arrastrarme consigo. No podía ni con mi cuerpo. No sabía ni cómo me llamaba. El dolor era inmenso.
Cuando nos alejamos lo suficiente del cementerio y las personas, la brisa era suave. Parecía calmarme poco a poco.
La playa estaba a unos metros de distancia. Atardecía.
Él seguía aferrado a mí, cosa que agradecí, ya que me habría caído al vacío más profundo de no haber sido por su firme brazo a mi alrededor.
-El ruido de las olas relaja, ¿lo ves? Cierra los ojos y no pienses en nada.-me dijo con una voz aterciopelada.
Todo alrededor mío se difuminó en sombras lejanas, mientras que poco a poco sentí cómo una presencia cálida se acercaba más y más a mí. Sentía su respiración sobre mi rostro.
Algo se posó sobre mis labios, ligero, suave como una pluma. Eran sus labios. Era él.
El sol se ocultaba ya tras el horizonte, los dos miramos hacia el infinito.
En ese instante dejé pasar a un rincón de mi mente lo sucedido. Él estaba ahí, a mi lado. Junto al mar.