...
Lucia
Aún siento el tintineo en el estómago al recordar el sonido de tu voz, tu risa tan melódica, tu acento tan bonito. Ni muy grave, ni muy aguda. El tono perfecto. El tuyo.
Algunas están difuminadas, pero si me mantengo recordando permanecen cercanas. Y te siento cercano. Y sonrío. Y vuelo.
¿Volarás conmigo a esa orilla tan distante, donde los sueños dejan de serlo para hacerse realidad?

Lucia
Cogió lentamente su taza de café calentito, y alzó sus piernas para apoyarlas sobre la tabureta frente a la chimenea.
Respiró despacio. Todo era calma, y silencio. Un buen momento para reflexionar. Para desaparecer un rato del universo, esconderse en un rincón.
Las risas de ayer eran borrosas, las oía distantes en su mente, con eco.
No sabía cómo procesar con exactitud todos los hechos que la atormentaban.
Eran tantas las cosas que sentía su corazón que al pensarlo tan solo, ya le latía con más fuerza. Y el estómago le empezaba a parpadear, nervioso.
Temía dejarse llevar demasiado por aquello que podía hacerla más daño que nada en el mundo. Temía sentirse sola, a quedarse atrás, a depender de ello siempre. Cuando ése no era su lugar.
Temía muchas cosas, pero a la vez ansiaba otras.
Quería tenerle dormido de nuevo entre sus brazos. Quería pasarse las horas de mil días enteros a su lado, haciendo nada y todo a la vez.
Podría estar siempre abrazada a él.

...

Decidió que sería mejor dejarse de chorradas y centrarse en otros asuntos. Tal vez menos importantes para ella, pero que la distraían.
Estaría mejor distraida y a otras cosas que pensando siempre en lo mismo y volviéndose loca de angustia.

Tal vez el silencio acabara carcomiendole las entrañas...
"Bueno, algo menos que sentir..." Pensó desganada.




Lucia
Las lágrimas que me recorrían las mejillas se deshicieron por entre el agua fría de la ducha.
Su dolor era el mío. Su sentir, era el mío.
Aunque no todos nuestros sentimientos encajaban, teníamos una conexión especial.

No dejaba de herirle. Y yo no podía hacer nada.
Las únicas maneras de hacerle entrar en razón se agotaban al día, y el dolor le volvía al corazón.
Únicamente podía estar ahí, a su lado.

¿Por qué me afectaba tanto? ¿Por qué mi corazón estallaba de angustia al verle tan mal? ¿Por qué no le ponía fin?
Tampoco era yo quién para decirle qué hacer, pero su dolor era el mío, y no era por mí, si no por él. Por su salud y por su todo.
La siguiente, ¿cuándo sería? ¿Cuándo volvería a hundirle en la más profunda tristeza y decepción sin saberlo siquiera?
No sabía qué hacer.

Al terminar mi ducha, salí a pasear, las paredes de mi casa me encerraban, necesitaba del aire en la cara.
Caminaba despacio, sin destino final, solo caminaba.
Con ojos secos ya, me dispuse a mirar el cielo, y a perderme un rato en la grandeza de la cúpula.



Lucia
El aire me faltaba. Él pareció notarlo. Se acercó despacio. Su traje negro relucía entre los demás.
-¿Estás bien?
No respondí. No hizo falta. Mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez. El lúgubre ambiente podía con los dos.
-Vamos a pasear un poco, anda.
Me cogió de la cintura para arrastrarme consigo. No podía ni con mi cuerpo. No sabía ni cómo me llamaba. El dolor era inmenso.
Cuando nos alejamos lo suficiente del cementerio y las personas, la brisa era suave. Parecía calmarme poco a poco.
La playa estaba a unos metros de distancia. Atardecía.
Él seguía aferrado a mí, cosa que agradecí, ya que me habría caído al vacío más profundo de no haber sido por su firme brazo a mi alrededor.
-El ruido de las olas relaja, ¿lo ves? Cierra los ojos y no pienses en nada.-me dijo con una voz aterciopelada.
Todo alrededor mío se difuminó en sombras lejanas, mientras que poco a poco sentí cómo una presencia cálida se acercaba más y más a mí. Sentía su respiración sobre mi rostro.
Algo se posó sobre mis labios, ligero, suave como una pluma. Eran sus labios. Era él.
El sol se ocultaba ya tras el horizonte, los dos miramos hacia el infinito.
En ese instante dejé pasar a un rincón de mi mente lo sucedido. Él estaba ahí, a mi lado. Junto al mar.
Lucia
Habíamos llegado a la supuesta "cabaña".
Lo único que había era un tronco de árbol molido por el frío y el viento.
Y mucha nieve. Me llegaba hasta los muslos. Creí que me caería a una laguna congelada o algo si no hubiera sido por sus contantes agarres a mis tropiezos.
Sí. Ahí estabamos. En el Polo Norte.
A él la nieve le llegaba por las rodillas.
Nos plantamos frente a la vieja madera.
Yo titiritaba. Sentía mucho frío a pesar de mis 5 capas de abrigo.
Lo notó. Me rodeó con sus brazos. Me intenté estrjar contra él, pero mis dedos estaban congelados. Con eso y el viento que enrojecía mis mejillas no pensaba con claridad.
-Me..me...nuda...ca..caba...ña..ña- tartamudeé.
Me apretó más fuerte.
-¿Traes el mapa?
Asentí. Seguía helada.
-Oye.....¿tu no habías dicho que trans..mi..tías calor??- temblé como una almeja.
-Claro. Pero no dejas que te llegue.
-Yo no estoy...ha...ha..ciend...do...na..nada- el chasquido de mis dientes aceleraba rápidamente.
-Venga, a ver- dijo con tono comprensivo. Parecía no tener frío o algo.- no dejas de temblar. Párate un momento, no pienses en nada. Y no te sueltes.
Suspiré a medias.
Hice lo que me dijo. Me centré en pausar todo a mi alrededor. Salvo el constante latido de su corazón. Dejé de sentir frío por un momento. Con ojos cerrados, comencé a respirar más despacio.

Cuando todo estaba en pausa, al rededor mía se formó como una ondita de calor que atravesó las capas de abrigo y se derritió por mi piel hasta llegar a mis huesos.
Ya no sentía frío en absoluto.
Abrí los ojos. Busqué su mirada.
Sonrió.
-Busquemos la cabaña de verdad.- me dijo, la sonrisa de antes en su voz.
Comenzamos a caminar.
-¿Como lo hiciste? -le susurré, intrigada.
Me respondió con un brillo inalcanzable en la mirada y con una sonrisa sincera, misteriosa:
-¡Magia!




Lucia
El hombre-palo estaba sentado sobre una mecedora. Las ventanas de la casa estaban tapadas con la intención de evadir toda luz solar.
Persianas bajadas, cortinas corridas. El único sonido que se podía oír era el péndulo del gran reloj de pared.
Tic, tac. Tic, tac.
El hombre seguía quieto, con ojos abiertos, meciéndose. Parecía haber una imagne horrorífica tras su mirada. Daba miedo.
Apenas respiraba. Si se hubiera congelado el tiempo, cualquiera con dos dedos de frente pensaría que se trataba de un cadáver. Su piel vieja y arrugada, blanquecina, translúcida incluso. Y el pelo graso le caía sobre la frente y los hombros. Era oscuro. Muy oscuro.
La casa seguía igual de siniestra cuando llamaron al timbre.
Un tic nervioso se fosilizó en el ojo derecho del hombre. Se abría y cerraba. Temblaba intermitente, aterrador.
Los ojos grises parecían tornarse negros por las sombras que bailaban sobre las paredes.
Sonó de nuevo.
El hombre no se levantó. El tic se disparó a mucha más velocidad. Pero volvió al ritmo normal en pocos segundos...Un, dos...un, dos.
Al ver que no abrían la puerta, una voz femenina sonó desde el otro lado de la puerta.
- ¿Hola? ¡¿Hola?!
El hombre se quedó paralizado. Y comenzó a sentir el potente latido de su mugriento corazón el el cuello.
La csas estaba seca. Se olía muerte en el aire.
Tenebroso, el hombre comenzó a levantarse.
Llegó con rapidez a la puerta. La abrió con fuerza.
- ¡¿QUÉ QUIERES?!-bufó entre dientes amarillos.
El rostro de la mujer quedó espantado. Retrocedió unos pasos.
- ¿Que te ha ocurrido?- susurró, casi con lágrimas.
El hombre la miró con un odio casi tangible. Sus ojos ardían en furia.
-Vete. Antes de que sea demasiado tarde.
Y cerró la puerta bruscamente.
Lucia
El agua estaba helada. La chica perdió todo control de su cuerpo.
Las aguas la congelaron donde estaba. No se podía mover.
El agua comenzó a entrar despacio por sus vías respiratorias. La chica caía hacia las profundidades.
"No...!"- pensó. Pero no lograba chillarlo. No encontraba su voz. Al intentar hablar entró más agua por su boca.
Se dio cuenta que no podía respirar. La mera idea la asustaba. Y el hecho, más aún.
Con todas sus fuerzas intentó moverse, contra corriente. El río se la llevaba al más allá.
Apenas podía pensar. Todo se volvió oscuro.
Sentía aire en una mano, pero pronto el frío helado del agua se la tragó. Ahora todo su cuerpo se hallaba sumergido bajo las aguas. Temblando. Casi muerto.
La chica no podía pensar con claridad. Ni siquiera podía pensar. El aire no le llegaba a los pulmones. Solo agua. Agua. Por todas partes. Agua. Se estaba ahogando. Perdió la conscincia.
Todo parecía terminar.